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Mundo Tradicional es una publicación dedicada al estudio de la espiritualidad de Oriente y de Occidente, especialmente de algunas de sus formas tradicionales, destacando la importancia de su mensaje y su plena actualidad a la hora de orientarse cabalmente dentro del confuso ámbito de las corrientes y modas del pensamiento moderno, tan extrañas al verdadero espíritu humano.

martes, 31 de julio de 2012

BARCELONA. LA CIUDAD DE LAS AVES (II), por Josep M. Gràcia *

V. La Colina de Hermes.

En la Odisea (XVI, 471) se describe una “colina de Hermes” en donde los hombres son alcanzados, arrebatados y guiados, por un “veloz mensajero… heraldo también de los hombres” (es decir, Hermes). Esta colina es, simbólicamente, la alcanzada por el Augur, el magistrado instructor del rito fundacional de la ciudad, pues allí recibe la intuición, el mensaje de los dioses (de enunciado oracular) que él mismo es encargado de descifrar y actualizar. No es de extrañar, pues, que en el rito fundacional al Augur se lo llegara a asimilar a Hermes, de hecho, se entendía que era la personificación del dios, y que situado en la cima de la colina, la “colina de Hermes”, fuera el “mensajero” portador de los buenos o malos augurios en virtud de los cuales se convenía o no fundar la ciudad. El Augur, que toma aquí la función de Pontifex, literalmente el "constructor de puentes o caminos", era representado en Grecia por Iris (el Arco Iris es un símbolo del pontificado), la "mensajera de los dioses", diosa que simbolizaba la unión de la Tierra con el Cielo y quien, aún perteneciendo a otra estirpe divina, compartía funciones y atributos con Hermes. Pero también, Augur significa literalmente tanto “observador de las aves” como “adivinación mediante el canto y el vuelo de las aves” y tiene el sentido de señal, presagio, indicio en sentido oracular en virtud del cual se recibe la intuición intelectual. Los antiguos etimologistas dicen que augur deriva de otra palabra más antigua, àuger, compuesta a su vez de la voz ÀV-IS (ÀU-IS) “ave” y GÈR-O “actuar”, “hacer”, es decir, “lo que hacen o dicen las aves”. Pero también, augur tiene vinculación etimológica con augère “aumentar” en el sentido de “consagrar”. Es así como el Augur aparece como el Pontífex que oficia el rito mediante el cual se consagra un determinado lugar advirtiendo los presagios o signos mediante el canto o la observación de las aves, y en el caso que nos ocupa, es bien significativo que antes de que el Augur de tradición romana demarcara los límites o fundara Barcino en la cima del Monst Táber ya había un culto análogo, el de Laia, “la que habla bien”, es decir, la que según ciertos signos oraculares que tienen que ver con el canto de las aves dice o da los buenos augurios, lo que veremos más adelante con detalle. El Mons Taber es la Colina de Hermes de Barcelona.


lunes, 16 de julio de 2012

LOS SIMBOLOS DE LA PARADOJA Y LAS PARADOJAS DEL SIMBOLO, por Manuel Plana

En el tímpano de la iglesia románica de San Miguel de Estella (Navarra), una de las conocidas poblaciones que atraviesa en España el Camino de Santiago, en el relieve que circunda la mandorla y al Cristo en Majestad, puede leerse una extraña inscripción: "La imagen que veis no es ni Dios ni hombre, pero Dios y el hombre están representados en esta santa imagen". 
Por sí misma y por el lugar en que se halla inscrita, esta frase lapidaria se propone al espectador como un tema de meditación, de manera parecida a los Koans de la tradición Zen budista o los Sutras védicos (1). Y aunque escueta, resume admirablemente el misterio de la imagen, es decir, de la forma simbólica y del Arte sagrado que la plasma como "representación" más legítima de aquello de otro modo inexpresable.  

En efecto, el carácter paradójico, a veces insólito, con que muchas veces se presenta el simbolismo tradicional, por el que la imagen: "no es ni Dios ni hombre, pero Dios y el hombre están representados en ella", hace directamente alusión, por un lado, a las posibilidades del propio simbolismo, que puede expresar realidades simultáneas sin entrar en contradicción, a lo cual no llega el lenguaje vulgar, racional y sucesivo, para el que una cosa debe ser "eso" o "aquello" de manera excluyente. Y por otro, a la relatividad de toda apariencia, de todo lo que se concretiza en una forma fija, y por ende a la ambigua dualidad y fugacidad del mundo fenoménico, que al mismo tiempo que una ilusión pasajera, es la evidencia de una realidad permanente que lo trasciende, dándole además toda su razón de ser y su precario equilibrio.
Por el hecho de serlo, toda manifestación es una representación, una puesta en acto, un juego entre todos sus protagonistas, situaciones y aspectos, opuestos y complementarios, juego al que está sujeto todo cuanto ella contiene y que, como tal, siempre es la huella de algo, la expresión, el símbolo o producto de una intención, guión, unidad o realidad más grande. Por lo mismo, también es dual y limitada, es decir, relativa, empieza y acaba, lo que no le priva de reflejar a su modo, existencial y sucesivo, la realidad de un todo simultáneo, multidimensional y no-dual. A nivel psicológico esta condición dual (aparentemente dual) se convierte en el sujeto y el objeto mental de toda experiencia; y toda experiencia en una forma de conocimiento inteligible y sensible a la vez, la combinación inseparable de una idea y un soporte, una forma y una substancia, la corporificación de un significado de otro modo imponderable. Por ello y por participar toda manifestación formal de esta ley, el símbolo, al menos el sagrado, no es ni podría ser una convención humana, antes bien es el modo y el lenguaje en que el universo se revela al hombre y a él mismo a través suyo, conformando su manera de conocer; es la naturaleza del mundo ser inteligible, como del ser humano ser inteligente, es decir, una "imagen y semejanza" del propio programa cósmico.